lunes, 17 de mayo de 2010

REVISTA CRITERIO: CELIBATO.

Revista Criterio



Nº 2359 » Mayo 2010

Contra el celibato obligatorio de los clérigos

por Di Stefano, Roberto 
El escándalo, o mejor dicho, el drama de los casos de abusos de menores por parte de clérigos y religiosos católicos aconseja reflexionar madura y responsablemente acerca de las condiciones en que se desenvuelven la formación del clero y la vida sacerdotal, en particular en relación con instituciones como el celibato obligatorio y los seminarios. Cabe preguntarse si son adecuadas para quienes viven inmersos en un mundo muy diferente del que les dieron luz, la alta Edad Media en el caso del celibato y el siglo XVI en el de los seminarios. En este artículo voy a recordar brevemente los debates que generó el celibato obligatorio en tiempos de la revolución francesa, cuando ya se lo advertía como fuente de desórdenes en el plano sexual y en algunos círculos letrados se proponía su abolición. Personalmente creo necesario que la Iglesia dé ese paso y me pregunto si no sería conveniente, además, eliminar los seminarios o reformarlos de manera drástica, mucho más de lo que lo han sido desde el Concilio Vaticano II en adelante. No creo que el celibato necesariamente deba generar conductas sexuales agresivas o perversas, pero sí que su obligatoriedad las favorece, a causa de razones de orden cultural que señalaré al final del texto.
Hace doscientos años, en un clima cultural impregnado por la sensibilidad ilustrada, llegaba a Buenos Aires el debate europeo en torno al celibato clerical y la castidad religiosa. En Francia, especialmente, el tema había hecho correr ríos de tinta en el siglo XVIII. Basta recordar que en 1764 se había debatido públicamente el caso de las religiosas de un monasterio de clausura que habían acusado a su abadesa de lascivia en sede judicial. Ese mismo año Voltaire incluyó en su Dictionnaire Philosophique una entrada sobre el celibato en la que discurría con gran erudición sobre las variaciones de la normativa eclesiástica en la materia, de época en época y de una a otra confesión cristiana. En 1767 Joseph- Gaspard Dubois-Fontanelle publicó Ericie ou la Vestale, un drama en el que abordaba el tema de la castidad de las religiosas y los enclaustramientos forzosos. En 1781 Jean Gaudin editó en Ginebra su Inconvénients du célibat des prêtres, de gran difusión en los siguientes decenios. Durante la revolución el tema fue ampliamente debatido y la convención controlada por los jacobinos absolvió al clero del celibato. Por último, Napoleón propuso su abolición en el primer imperio.
En Buenos Aires el Comisario del Santo Oficio secuestró en 1804 un escrito intitulado Memorias contra el Celibato escrita[s] en el Perú en el que se sostenía que la propuesta de Napoleón sólo podía traducirse en “mayor gloria a Dios, mejor servicio á la Ig[lesi]a y un imponderable consuelo á las almas”. Bastaba un mínimo “conocim[ien]to de lo q[u]e es la miseria y fragilidad humana”,
decía el autor anónimo del texto, para comprender que de la abolición del celibato “se seguiria menor precipitación en los vicios, y mas exacta dedicacion de los sagrados misterios al culto divino”. Un sacerdote “impuro y relaxado” era “malo p[ar]a la Religión, malo p[ar]a su Estado, malo p[ar]a si mismo, y malo p[ar]a todos los fieles”. No era de extrañar, entonces, que la obligación del celibato no encontrase sanción ni “en la ley de la naturaleza, ni en la ley Escrita”, y que Jesucristo no la hubiese incluido “en la ley de gracia”. La obstinación con que la Iglesia católica defendía el celibato podía considerarse un claro indicio de que el fin del mundo estaba en ciernes: en las Sagradas Escrituras la prohibición del matrimonio se presentaba, en efecto, como obra de los hombres sin fe que prevalecerían en los últimos tiempos.
Luego de 1810 un sector de la elite porteña calificó al celibato y a la castidad de instituciones antinaturales y los asoció a modalidades despóticas de ejercicio del poder eclesiástico a las que la revolución debía poner fin. Se alegaba que el precepto celibatario era fuente de males tanto para la Iglesia como para la sociedad, y un verdadero obstáculo en la construcción del nuevo orden.
En 1816 se discutió en la tertulia de Melchora Sarratea un libro publicado en Londres que llevaba por título Observaciones sobre los inconvenientes del celibato de los clérigos. Se trataba de una traducción y adaptación de la obra de Gaudin realizada por el sacerdote aymara Vicente Pazos Silva, traductor a su lengua madre de nuestra declaración de independencia, que tras el estallido revolucionario comenzó a hacerse llamar Pazos Kanki. Vicente había vivido en Londres desde 1812 con Manuel Sarratea, que se encontraba en la capital británica en misión diplomática, y a su regreso a Buenos Aires en 1816 dejó el sacerdocio, contrajo matrimonio y, según Mitre, abrazó el protestantismo.
Observaciones… incluye algunos de los muchos capítulos del libro de Gaudin, al que sin embargo no hace la menor referencia, y agrega dos textos salidos, al parecer, de la pluma de Pazos Kanki: un largísimo “discurso preliminar sobre la libertad cristiana” y unas “reflexiones sobre el Celibato de los Clérigos en los payses Españoles”, ambos del mayor interés para el historiador de la religión. En las “reflexiones” se parte de la observación de que la Iglesia católica ha tenido la sabiduría de elevar el matrimonio a la categoría de sacramento, por lo que “el clérigo casado legítimamente no seria indigno, por este hecho, de administrar los santos mysterios”. Se dice además del matrimonio que es “un remedio contra la incontinencia”, mal del que nadie está libre, y mucho menos los clérigos. De tal modo, así como una enfermedad es más temible para las personas que no toman el  correspondiente antídoto, la incontinencia lo es para los clérigos célibes en mayor medida que para los fieles que no lo son. El resultado es que los misterios de la fe se encuentran más expuestos a la profanación del pecado en una Iglesia en la que el clero está obligado al celibato. Sin embargo, el libro no propone la abolición del celibato sino la de su carácter obligatorio: “célibes continuarian los que ahora lo son por amor á la continencia, y la iglesia gozaria todo el adorno de sus virtudes, sin aumentar el riesgo de la infamia con que le amenazan los que son célibes por fuerza”.
En nuestros “payses españoles” cualquiera puede “señalar con el dedo á varios eclesiásticos que, á no poderlo dudar, profanan su ministerio por razon del celibato forzado en que viven”. Según el  texto, de los muchos que ingresan al clero, muy pocos guardan durante toda la vida la abstinencia sexual que conlleva el celibato. La mayoría se cansa muy pronto “del estado intolerable de  separacion y singularidad en que los pone lo que se llama vida devota” y termina cayendo en el vicio y en la disipación. Así, países que apenas están dando sus primeros pasos sufren el nefasto “influxo indirecto que necesariamente debe tener este estado de cosas en las costumbres de los pueblos que tienen semejantes pastores”. Y más adelante, escribe: “El medio racional y verdaderamente Cristiano que respira el Evangelio, aquella virtud que se dirige á purificar el corazon sin ahogarlo; que dexa al hombre libre para todo lo que no sea injusto, ó vicioso; que le inspira una devocion habitual, y no de ritos ni formularios –semejante especie de virtud es rarisima en todo pays donde se habla Español. La causa de su escasez es que no hay quien la enseñe; y el origen de esto es, el estado del clero que hemos descrito”.
Los dos remedios que el autor propone son la abolición del celibato obligatorio y de los seminarios. Allí los jóvenes “destinados á la iglesia” se impregnan de “un espíritu no mui raro en semejantes casas” que “los inclina á burlarse de la severidad de los reglamentos, y á evadirlos en quanto está á sus alcanzes”, y agrega que ese espíritu en la adultez los inclina a la hipocresía, la malicia y el vicio. Por eso, para el autor, la eliminación del celibato obligatorio y de los seminarios, las dos instituciones que separan al clero del laicado, convertiría a esos jóvenes en ministros santos, como muestra el ejemplo de los países en que se permite el matrimonio de los clérigos (el autor, que tiene a la vista la vida eclesiástica inglesa, se jacta de no hacer sino consignar “lo que se ve en casi cada pueblo del pays en donde esto se escribe”). En esos países “la vida y ocupaciones de un parroco rural, son una escuela de virtud, en que solo un alma absolutamente infame puede desviarse del buen camino”. El clérigo casado está libre del “perpetuo combate exterior” al que lo obliga el celibato y puede ejercer plenamente  la paternidad espiritual propia de su ministerio. Incluso de su esposa cabe esperar grandes bienes, porque “en vez de ser estorbo á sus ocupaciones, es una compañera utilisima en ellas”. La esposa del sacerdote, “a su lado en la casa del enfermo, del afligido, y de la viuda, libra á un tiempo á su marido de peligro y de sospecha” y se convierte en “la amiga, y consoladora de las personas pobres, ó afligidas de su sexo: dando consejos á las jóvenes, contribuyendo directa ó indirectamente á la educacion de las niñas pobres y desvalidas, y enseñando á la poblacion entera moderacion y decoro con su exemplo”.
Dejando de lado su alto voltaje anticlerical, el libro relaciona la obligatoriedad del celibato y la institución del seminario con trastornos en la vida afectiva de los eclesiásticos que se traducen en la abundancia de casos de clérigos concubinarios. Hoy, en un contexto cultural profundamente mutado, la Iglesia católica enfrenta el drama de los abusos de menores por parte de algunos miembros de su clero. Por cierto, no se trata de sacar conclusiones simplistas. Por cierto, el problema actual no es exclusivo de la Iglesia católica. No caben dudas, tampoco, de que los casos de abuso por parte de eclesiásticos son una pequeña porción del total de los que lamentablemente se verifican. También es cierto que determinados medios baten el parche con especial saña cuando se trata de incriminar a un sacerdote. Pero el problema existe, como muestran elocuentemente los escándalos de los Estados Unidos, Irlanda, Alemania, Inglaterra y ahora Bélgica, y me parece que la obligatoriedad del celibato y las modalidades de la formación del clero conspiran contra su solución.
El libro editado por Pazos Kanki y Sarratea proponía dos soluciones que no me parecen  descabelladas tampoco: la abolición del celibato clerical obligatorio y la de introducir cambios en la formación del clero eliminando los seminarios. El celibato, como se sabe, se extendió a la totalidad del clero y se definió como impedimento dirimente para el matrimonio a partir del siglo XII; los seminarios fueron creados por el Concilio de Trento en el siglo XVI. Ambas instituciones están, a mi juicio, perimidas. El celibato fue pensado para hombres con una esperanza de vida de menos de cuarenta años que vivían en una sociedad en la que el sexo ocupaba un lugar muy diferente del que le ha otorgado la nuestra. Los tabúes cambian, explicaba en un ya clásico libro Philippe Ariès: mientras en las sociedades antiguas la muerte era un hecho cotidiano y se vivía con naturalidad, pero el sexo constituía una suerte de tabú, en las nuestras se esconde la muerte, pero hay alusiones al sexo por todas partes. Nos guste o no, nuestra relación con el sexo es otra, y nuestra esperanza de vida más que se duplicó en los últimos doscientos años. El psicoanálisis, además, nos ha explicado muchas cosas que ignoraban los hombres de los siglos XII y XVI acerca de las pulsiones sexuales y su manejo o represión. No existe “el hombre”, así, en términos intemporales; existe el hombre en la historia y en la cultura, el hombre impregnado de valores, armado de formas de ver y de concepciones que cambian.
Imponer el celibato de por vida a hombres y mujeres de menos de 30 años que viven bombardeados de manera constante por una infinitud de estímulos sexuales y que pueden razonablemente suponer que van a vivir más de 80, resulta cuanto menos temerario; como lo es encerrar en un seminario a adolescentes o jóvenes en la plenitud de su vida sexual –que cronológicamente no coincide con la madurez psicológica y afectiva–.
Después de todo, nuestra propia experiencia histórica y las de otras Iglesias cristianas demuestran que se puede vivir sin celibato y sin seminarios; los clérigos pueden compatibilizar perfectamente el matrimonio con el ministerio, los aspirantes al sacerdocio pueden formarse en las disciplinas que necesitan conocer sin que ello implique compartir el hecho. La formación espiritual tampoco lo requiere necesariamente. El número de quienes sienten vocación por la vida célibe no coincide con el de quienes se sienten atraídos por la vida sacerdotal. La Iglesia católica podría poner remedio al déficit de clero que experimenta de manera cada vez más evidente si quitara la obligatoriedad del celibato, como demuestran los muchísimos casos de deserción de sacerdotes motivados por el deseo de conformar una familia.
Por lo que hace a los casos de abuso, no basta con pedir disculpas y pagar indemnizaciones post factum. Si la Iglesia católica ha declarado la “tolerancia cero” hacia ellos, lo que es sin dudas muy loable, debe además acompañar los discursos con medidas eficaces que permitan prevenirlos. El desprestigio del clero católico es un dato menor frente a un fenómeno delictivo que está arrojando, como dramático fruto, un tendal de vidas destrozadas.

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