lunes, 23 de agosto de 2010

Silencios ominosos y condenas inmisericordes.

Juan José Tamayo
El País
Madrid
14.08.10
Silencios ominosos y condenas inmisericordes. Esa ha sido la actitud del Vaticano y de buena parte de la jerarquía católica durante los últimos 70 años.
Silencios ominosos ante masacres y crímenes contra la humanidad y sus responsables.
Condenas inmisericordes contra teólogos y teólogas, sacerdotes, obispos, filósofos, escritores -cristianos o no- por ejercer la libertad de expresión y atreverse a disentir; condenas todas ellas contra toda lógica jurídica, que establece que "el pensamiento no delinque".
Silencios ominosos sobre personas sanguinarias, ideologías totalitarias y dictaduras militares con las manos manchadas de sangre.
Condenas inmisericordes a hombres y mujeres de manos limpias, de honestidad intachable, de ejemplaridad de vida.
El más grave de esos silencios fue, sin duda, el de Pío XII ante los seis millones de judíos   gaseados y llevados a las piras crematorias de los campos de concentración del nazismo.
Ya antes, siendo secretario de Estado del Vaticano firmó, en nombre de Pío XI, el Concordato Imperial con la Alemania nazi bajo el Gobierno de Hitler. Ahí comenzó su complicidad con el nazismo.
Uno de los intelectuales más madrugadores en la denuncia de tamaño y tan ominoso silencio fue el dramaturgo alemán Hochulth en su obra de teatro El Vicario, estrenada en 1963.
En 1953 Pío XII firmó un Concordato con Franco, legitimando la dictadura, mientras guardaba silencio sobre la represión franquista después de la guerra civil, que costó decenas de miles de muertos.
Un año más tarde hacía lo mismo con el dictador Rafael Trujillo, presidente de la República Dominicana , sin condenar sus abusos de poder y sus crímenes de Estado.
 
En la década de los cuarenta del siglo pasado, el cardenal Emmanuel Célestin Suhard, arzobispo de París, autorizó a algunos sacerdotes y religiosos a trabajar en las fábricas. El dominico Jacques Loew lo hizo como descargador de barcos en el puerto de Marsella. Monseñor Alfred Ancel, obispo auxiliar de Lyon, fue cura-obrero durante cinco años.
La experiencia fue inmortalizada por Gilbert Cesbron en la novela Los santos van al infierno. Pero pronto se frustró. Los sacerdotes obreros fueron acusados de comunistas y subversivos, cuando lo que hacían era dar testimonio del Evangelio entre la clase trabajadora alejada de la Iglesia y descreída, compartiendo su vida y sus penalidades, identificándose con sus luchas, ganando el pan con el sudor de su frente.
 
En vez de hacer oídos sordos a las acusaciones, Pío XII las dio por ciertas y pidió a los sacerdotes que abandonaran el trabajo en las fábricas y se reintegraran en el trabajo pastoral en las parroquias y a los religiosos que se incorporaran a sus comunidades, al tiempo que ordenaba a los obispos franceses que enviaran a los sacerdotes obreros a los conventos para ser "reeducados".
Otro largo, ominoso y cómplice silencio ha sido el guardado ante los abusos sexuales de sacerdotes, religiosos y obispos con niños, adolescentes y jóvenes a lo largo de más de medio siglo en parroquias, noviciados, seminarios, casas de formación, curias religiosas y casas de familias de numerosos países, abusando de la autoridad del cargo y de la confianza depositada por los padres en ellos.
 
Hasta el Vaticano llegaron las denuncias contra el fundador de La Legión de Cristo, el mexicano Marcial Maciel. Pero no fueron tenidas en cuenta o fueron archivadas.
Lo que le daba a Maciel patente de corso para seguir cometiendo crímenes sexuales contra personas vulnerables e indefensas abusando de su poder e influencia como fundador y del apoyo de los papas y de los obispos.
Condena inmisericorde fue la que cayó, como una losa, contra la Nouvelle Théologie en la encíclica Humani generis (1950), de Pío XII, seguida de sanciones contra los teólogos más representativos de dicha tendencia: Henry de Lubac, Karl Rahner, Yves M. Congar, Dominique Chenu...¿Delito? Hacer teología en diálogo con la modernidad, buscar la unidad de las Iglesias a través del ecumenismo, enterrar definitivamente las guerras de religión.
¿Sanciones? Censura de publicaciones teológicas, destierros (Congar, luego cardenal, sufrió tres destierros), prohibición de escribir y de predicar, expulsión de las cátedras, colocación de algunas de sus obras en el Índice de Libros Prohibidos y retirada de las bibliotecas de los seminarios y facultades de teología, expulsión de las congregaciones religiosas, y, a veces, cárcel.
 
Unos meses antes de que Juan XXIII inaugurara el Concilio Vaticano II, el cardenal Alfredo Ottaviani, que ejercía de Gran Inquisidor al frente de la Congregación del Santo Oficio, dirigió a los obispos de todo el mundo la carta Crimen sollicitudinis, en la que instruía sobre las medidas a tomar en determinados casos de abusos sexuales por parte de los clérigos: exigía que fueran tratados "del modo más reservado" los casos de solicitud en la confesión e imponía "la obligación del silencio perpetuo". Más aún, a todas las personas involucradas en dichos casos (incluidas las víctimas) se las amenazaba con la pena de excomunión en caso de no observar el secreto. El silencio se mantuvo durante los pontificados de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II y Benedicto XVI hasta hace unos meses.
Con el Concilio Vaticano II pareciera que se iban a contener las sanciones y se iba a levantar el velo de silencio contra los crímenes de lesa humanidad. Pero no fue así.
Con motivo de la publicación de la encíclica Humanae vitae (1968), de Pablo VI, que condenaba el uso de los métodos anticonceptivos, se produjeron nuevos procesos, censuras, prohibiciones y condenas contra los teólogos que disintieron.
Dos ejemplos emblemáticos: Edward Schillebeeckx y Bernhard Häring, asesores del Vaticano II e inspiradores de algunos de sus textos renovadores, fueron sometidos a severos juicios por la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Mientras se endurecían las condiciones de los procesos eclesiásticos en manos del Santo Oficio (aceptación de denuncias anónimas, indefensión del reo ante los tribunales eclesiásticos, las mismas personas que instruían el proceso eran las que juzgaban y condenaban, imposibilidad de apelación...), el mismo organismo vaticano imponía silencio sobre los crímenes de pederastia, protegía a los culpables, los absolvía sin ningún propósito de la enmienda y, como mucho, les daba un nuevo destino pastoral, a veces sin siquiera avisar de las verdaderas razones del traslado a los obispos y sacerdotes vecinos.
En la carta De delictis gravioribus, de 2001, el cardenal Ratzinger ratificaba el silencio impuesto por el cardenal Ottaviani 40 años atrás. Mientras tanto, en numerosos documentos condenaba la homosexualidad, considerando "objetivamente desordenada" la mera inclinación homosexual y "moralmente inaceptables" las relaciones homosexuales, y exigiendo la expulsión de los seminarios de los candidatos al sacerdocio homosexuales.
 
Hace unos días fue expulsado de la Academia Pontificia de Santo Tomás de Aquino de Roma el teólogo alemán David Berger por hacer pública su homosexualidad. Mientras la mantuvo en secreto, no hubo problemas. ¡El cinismo vaticano no tiene límites!
 
Recientemente la Congregación para la Doctrina de la Fe ha hecho algunas modificaciones al documento de 2001 que, bajo la apariencia de endurecer las penas, empeoran las cosas al calificar como delitos graves y punibles la ordenación sagrada de las mujeres, la apostasía, la herejía y el cisma al mismo nivel que la pederastia.
Para el Vaticano, afirma la teóloga feminista Rosemary Redford Ruether, "intentar ordenar a una mujer es peor que el abuso sexual de un niño. El abuso sexual de un niño por un sacerdote es un desliz moral deplorable de un individuo débil... El intento de ordenar a una mujer es una ofensa sexual, una contradicción de la naturaleza del Orden Sacerdotal, un sacrilegio, un escándalo".
Otra condena inmisericorde más contra las mujeres, mayoría silenciada en la Iglesia católica. ¿Hasta cuándo?

domingo, 1 de agosto de 2010

PARA REFLEXIONAR Y COMENTAR

Jesús no era católico (I)
Por: Jorge Tejera
Fecha de publicación: 24/07/10



www.aporrea.org

Y no lo era porque sencillamente, cuando nace, ya existía la iglesia de Abraham, de Moisés, de Elías, dirigida por el Sanedrín, allá en Judea. Luego de su muerte, Resurrección y partida, queda el mensaje de Jesús, sus parábolas, así como las instrucciones a los apóstoles. Los apóstoles, como todos los cristianos, son perseguidos, al igual que Jesús, por todo el imperio. Muchos son sacrificados en el Coliseo y otras plazas públicas. Así nace el cristianismo como movimiento religioso. Pero eso no es la iglesia católica, apostólica y romana de nuestros días. Nada que ver.

La iglesia Católica, aun cuando viene del movimiento cristiano, se forma como tal, posteriormente y se legaliza cuatro siglos después de la Resurrección de Jesús, por allá en el año 312 D.C., cuando el Emperador romano Constantino el Grande, la incorpora al poder de Roma, dentro de un pacto político-militar con el Papa Melquíades. Es en ese momento cuando comienza a pervertirse la cúpula de la iglesia.

Los cristianos, perseguidos por el imperio romano, para ese momento sumaban cerca de cuatro millones. Aun cuando no estaban totalmente unidos, se habían organizado para defenderse, tenían una jerarquía eclesiástico-militar interna que los dirigía y controlaba, al frente de la cual estaba el papa Melquíades. Eran rebeldes enfrentados al imperio romano.

A principios del siglo IV, el imperio romano estaba gobernado por una tetrarquía: dos augustos (Diocleciano y Maximiano) y dos césares (Constancio Cloro y Galerio) compartían el poder. Se abre una lucha militar entre los cuatro, por el control absoluto del vasto imperio. Constancio Cloro (Constantino), en su lucha por el poder absoluto, pacta con el Papa Melquíades y la mayoría de los jerarcas del cristianismo. Son cuatro millones de cristianos dentro del imperio, preparados para la lucha; antes perseguidos, ahora incorporados al ejército de Constantino. Esto le permite, después de unas cuantas batallas y confabulaciones políticas, lograr el poder total hasta convertirse en Emperador absoluto Constantino I el Grande, de todo el imperio romano.

En el año 313, Constantino proclamó el Edicto de Milán, con el cual garantiza la paz y libertad a la Iglesia cristiana. Constantino regala al Papa Melquíades, el palacio imperial Lateranense. A partir de ese momento, ese palacio pasó a ser la residencia oficial de los papas. Constantino otorga a la cúpula de la iglesia, poder, posición social y económica, privilegios e importantes donaciones. Después de ser perseguidos y “patas en el suelo” pasan a disfrutar de los poderes imperiales.

En el año 314, inmediatamente después de su plena legalización, la Iglesia cristiana inicia la persecución de los paganos. Comienza la venganza. Entre 316 y 326 se proclama una serie de disposiciones que favorecen al cristianismo frente a la religión pagana. Se otorga jurisdicción a los obispos, que se transforma en apropiación violenta de los templos paganos y persecución y tortura de sus fieles. En Dydima, Asia Menor, el oráculo del dios Apolo es saqueado y sus sacerdotes paganos son torturados hasta su muerte. También son martirizados todos los paganos del monte Athos y destruidos todos los templos paganos de ese lugar. Entre el año 315 y el siglo VI, miles de creyentes paganos fueron asesinados. Los obispos habían adquirido rangos imperiales, militares y civiles, así como poder económico, a cambio de su permanente manipulación religiosa para controlar al pueblo y mantenerlo idiotizado. Por eso, Marx decía que la religión, en tanto que nos ofrece el reino de los cielos a cambio de los sacrificios terrenales, es el opio de los pueblos.  Ésa es la manipulación que nos ha aplicado la cúpula de la iglesia, para controlar a los pueblos y ponerlos al servicio de los poderes imperiales de turno a todo lo largo de la historia de la humanidad, sin derecho a protesta y con la promesa de una recompensa celestial. Bajo esa lógica no hay lucha.

A partir del año 314 D.C., hasta nuestros días, la jerarquía de la Iglesia Católica ha estado al lado del Poder político, económico y militar. Apoya, disfruta y defiende este poder. En América estuvo al lado del imperio español desde 1492 hasta 1830, pasándose a partir de esa fecha al lado de la oligarquía criolla después de la Revolución de Independencia y allí se ha mantenido hasta nuestros días siempre alineada con las oligarquías de turno.  En Europa estuvo al lado de Hitler y de Franco. En el próximo artículo hablaremos de la “Santa Inquisición”.

Hoy día vemos esta cúpula católica al lado del imperio norteamericano, apoyando con su silencio cómplice, todas las invasiones, atrocidades, genocidios y demás crímenes cometidos. Hace poco tiempo vimos esta cúpula eclesiástica liderada por el Cardenal Óscar Rodríguez Maradiaga, ponerse al lado del golpista Roberto Micheletti, en Honduras. En 2001, el entonces presidente de Honduras, Carlos Flores había asignado al cardenal Rodríguez Maradiaga un sueldo de 100.000 lempiras mensuales (5.300 dólares) del presupuesto de la Presidencia de la República, para sus gastos personales. Este dinero llegó puntualmente desde diciembre de 2001. Quizás el hecho de que el Cardenal dejó recibir esa fortuna mensual, pueda explicar, entre otras razones, su complicidad con el golpe de Estado contra Manuel Zelaya. La jerarquía católica hondureña impugnó públicamente la consulta popular que iba a realizar el presidente Zelaya y llamó a levantarse contra el gobierno democrático y sus políticas, por considerarlas un giro a la izquierda, de “sesgo chavista”. Pero la mayor simpatía hacia el golpe de estado es aún más visible en el último comunicado de la conferencia episcopal hondureña, gracias a la prédica del antes mencionado Cardenal. La destitución de Zelaya, dijo, “servirá para edificar y emprender un nuevo camino, una nueva Honduras (…) es un nuevo punto de partida para el diálogo, el consenso y la reconciliación”, de acuerdo con el comunicado leído por su eminencia el Cardenal y publicado por el diario El País, 4 de julio.

Bueno, con este muy sucinto record histórico, podemos empezar a formarnos un perfil de esta organización político-económica, oligárquica y traidora de la doctrina de Jesús, mejor conocida como Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

Menos mal que muchos curitas de barrio y monjas han dejado de seguir los lineamientos de esta cúpula podrida, pederasta, cobijadora de violadores como Dixon Moreno.

Por eso, no nos debe extrañar cuando hoy estamos viendo a esta cúpula, una vez más, comprometida con el magnicidio, con golpistas, con el terrorismo y la desestabilización, en contra del actual gobierno del Comandante Chávez. Una cúpula comprometida con los lineamientos del imperio norteamericano. Esa ha sido la postura que han asumido desde que los legalizó Constantino. Y así se han mantenido a través del tiempo. Esto “ha funcionado perfectamente a los intereses del Imperio Vaticano”, durante mil seiscientos noventa y ocho años (1.698). No sabemos hasta cuándo. Existe una gran diferencia entre el Cristianismo de los primeros 300 años y la iglesia católica luego de su llegada al poder imperial.

Ésta no fue la iglesia de Jesús, aquélla que seguramente Él soñó y quiso dejarnos. Por eso creo firmemente que esta cúpula eclesiástica lo traicionó. En nada se parece el estilo de vida de un Cardenal del siglo XXI, al estilo de vida de cualquiera de los apóstoles de Jesús. No podemos arrodillarnos ante esta jerarquía eclesiástica traidora. Si Jesús de Nazaret volviera, jamás se haría católico. Lucharía contra esa cúpula, al igual que se enfrentó al Sanedrín.  Los sacaría del templo a fuetazo limpio.

  jorgetejera@gmail.com


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