sábado, 30 de octubre de 2010

MONOLITO RECORDATORIO DEL FUSILAMIENTO DE CAMILA Y LADISLAO.


En la localidad de San Andres, Partido de San Martin, provincia de Buenos Aires, Argentina, pasa desapercibido para aquel que no lo busca, este pequeño recordatorio del suceso del fusilamineto de Camila O´Gorman y Ladislao Gutierrez. No es para engrandecer este hecho, pero minimamente se podria haber hecho ( O HACER!!) con un poco mas de respeto, algo que se VISUALICE, para todos aquellos que desean recordar este acontecimiento tan particular de nuestra historia.

lunes, 25 de octubre de 2010

EL CELIBATO EN DECLIVE INADVERTIDO

SSN: 1579-6345
ecleSALia 25 de octubre de 2010
 
JOSÉ Mª RIVAS CONDE, CORIMAYO@telefonica.net
MADRID.
ECLESALIA, 25/10/10.- En “El celibato denostable” (ECLESALIA, 06/07/10) comparé la ley del celibato a una superflua señal de tráfico, que ocasiona de hecho numerosos “accidentes”, algunos muy graves; no que todos ni que la mayoría de los “conductores” se estrellen contra ella. Siguiendo aquí con el símil aquel, añado que tal señal se encuentra como situada en la orilla exterior de curva contraperaltada, que saca de la calzada al desprevenido. Por estar el “asfalto” en declive hacia la ley y la opción celibataria como a lo supremo, a causa de la pervivencia, más bien difusa, de la abominable confusión de la que nacieron. No es que ésta quite la libertad; sino que el simple percibirla sin advertencia de ello mueve, con eficacia similar a la de la ilegalizada publicidad subliminal, al compromiso de celibato o soltería. Esto es lo que significa la palabra incluso referida al “celibato consagrado”.
Célibe se opone a casado y continencia a desenfreno y exceso, en este caso contra la castidad. A esta última virtud estamos todos llamados inderogablemente, aunque sean dos sus modalidades: la del soltero y la del casado. Sabemos que la primera excluye todo placer sexual presente, no el de un futuro matrimonio; mientras que la segunda sólo el extramatrimonial. Pero tan casto es el casado que vive la sexualidad sin salirse de su matrimonio, como el célibe que se abstiene por completo de ella. Lo sustantivo es la castidad; lo modal, el matrimonio y la soltería, devenga ésta o no en “virginidad o celibato consagrados”.
La estima de la continencia sexual absoluta como realidad superior a la castidad o como la castidad por antonomasia, antepone lo modal a lo sustantivo, pervirtiendo su ser e invirtiendo su lugar respecto de la castidad. Tal sobreestima, en efecto, al convertir la continencia en el valor supremo de la castidad, la despoja de su condición modal  –o de exigencia dependiente de la situación que se viva–, y reduce el matrimonio a mal menor o a minusvalor. A éste lo supone –como expuse en “Celibato y sexualidad” (ECLESALIA, 22/07/10)– espacio  propio de la “inmunda concupiscencia”; mientras que al supuesto “valor supremo” lo viste lingüísticamente de castidad, como si fuera menos propio, o incluso inadecuado, hablar de ésta en relación al casado.
La inversión de orden es entraña de la afirmación canónica de la necesidad del celibato a causa del estar obligado a continencia (c. 277, § 1). Debería ser al revés. El celibato es quien necesita de ella para no ser una farsa, ni ficción la castidad del célibe. No es la castidad la que requiere del celibato, ni para ser auténtica ni para lograr la perfección. Y resultado de la inversión es declive hacia lo antepuesto en virtud del propio dinamismo del sobreestimar. El proceso coincide con el que se da en cualquier racismo.
En el étnico se coloca la raza –lo modal– por delante de la propia naturaleza humana; en éste religioso, a la castidad se le antepone la continencia total. Con ello los célibes y los vírgenes terminan por ser tenidos y tenerse –de ordinario inconscientemente- por algo así como la “raza aria” del cristianismo, aunque aquí lo modal no sea una realidad física supuesta de más valor –genes heredados-, sino un proceder de carácter excepcional. Excepcional, por quedar fuera del postulado de fe del que se concluye la función creacional de la sexualidad en la tierra y la del matrimonio: procreación y remedio de la soledad del ser humano.
La posibilidad de que el Autor de la naturaleza haga excepciones en ese postulado es irrechazable por quienes creemos en su libérrimo poder de actuación sobre su propia obra y profesamos la inescrutabilidad de sus designios. Lo único al respecto que nosotros podemos indagar, y sólo hasta cierto punto, es si las supuestas excepciones lo son en realidad. De no existir fracaso, seguro que se da excepción; lo mismo que si viéramos –como ya apunté– flotar un trozo de plomo. Mas si él se produce, sólo Dios puede saber si se actuó contra su designio o pretendió uno salirse por cuenta propia de la tendencia creacional del hombre. Que esta iniciativa personal obedezca a la mejor de las voluntades y a una enorme generosidad, no anula ni subsana su error. Recordaré aquí de nuevo cómo la muy buena fe de Pedro al reconvenir a Jesús no bastó para dejar de merecer rechazo de lo más tajante (Mt 16,23).
La sobrevaloración de la continencia plena y perfecta por encima de la castidad, es realidad de bulto con la que uno se tropieza a menudo en la gran mayoría de los idearios religiosos; no sólo en el católico. En éste eclosionó con todo “esplendor” con las afirmaciones extremas de las tres decretales pontificias de los años terminales del siglo IV, que cité en “El celibato inválido” (ECLESALIA, 04/06/10). Ahora, tras superarse la crasitud de ese error casi dieciséis siglos después de pervivencia, su hedor, tan persistente como cicatriz de grave quemadura, flota en el ambiente con la atrofia encima de estimarlo fragancia virtuosa. Lo muestra hasta el diccionario de la RAE, reflejo de lo que bulle en el pensamiento y en el habla de la gente, al dar como acepción propia de castidad, la de «”Virtud” de quien se abstiene de “todo” goce carnal».
¡Completamente falso! Aunque la castidad del soltero implique la continencia total, no es lo mismo ésta que la castidad, que debería definirse, en su esencia más básica, como abstención de todo placer sexual extraconyugal. La identificación burda y tajante de la continencia con la castidad fue el error nefando que llevó a proscribir la sexualidad matrimonial y a prohibírsela a los que se confiaba «el misterio de Dios». Fue el “gen” básico de esa como “raza aria” del cristianismo que decía.
Ni para la moral más tradicionalista es virtud del casado la continencia total; sino injusta defraudación al cónyuge. Y ello, aunque haya sido un papa (384-399) quien, invocando su condición de primado, impuso cometerla a los clérigos, casados entonces en su gran mayoría. Defraudación injusta, salvo que la acuerde en común la propia pareja con la precaución de no alargarla, no sea que «Satanás –¡que no la concupiscencia!– les tiente de incontinencia». Es riesgo que según Pablo no desaparece ni “por estar dado «a la oración»” (1Cor 7,5). Sorprende que luego se haya inculcado ésta –¡y siga haciéndose!–, como remedio del mismo y que su falta se tenga por una de las causas básicas a las que achacar los quebrantamientos del celibato.
Caída, también inadvertida, hacia esa sobreestima es el uso eclesial que se hace de la palabra “castidad”. Es la que, por ejemplo, emplean sin determinante alguno los religiosos al pronunciar sus votos, cuando en realidad se trata de “castidad en soltería” o de “soltería casta”, perpetua o temporal según el caso; la cual resulta que no será tal sin abstenerse por completo de la sexualidad. El voto no acrece en nada el contenido de la castidad; sino que sólo añade un nuevo nudo a la atadura que ya tiene el soltero, además de ser –como es obvio– autoimposición de la obligación de seguir siendo célibe. Y cumplido el voto, de ser éste temporal, o dispensado el perpetuo, se queda libre, no de la castidad, sino exclusivamente del juramento de no casarse.
El voto de castidad sin especificación ninguna induce a pensar que ella es lo opuesto al matrimonio. Es lo que en general se piensa. Tan en general como refleja la citada definición de castidad de la RAE. Pero lo opuesto a la realidad expresada con ese voto es la “castidad en matrimonio” o la “casta conyugalidad”. Los contrayentes se comprometen a ésta con su promesa recíproca de mutua fidelidad hasta que la muerte los separe. Es promesa que tampoco añade nada a la castidad propia del casado, que ya de por sí excluye la sexualidad extramatrimonial, máxime la del divorcio con nuevo matrimonio (Mt 19,9). Tan sólo sirve para consentir en la integración propia en una creatura nueva, ámbito y como templo de la sexualidad humana erigido por Dios e indestructible por el  hombre (Mt 19,5-6). La exigencia de “casta conyugalidad” no dejaría de existir, aunque los novios no formularan su promesa. Es esencia del matrimonio –al menos del cristiano ideal–, no sólo en el plano de las obras, sino además en el de los propósitos (Mt 5,27-28), y perdura tras la separación o el divorcio (Mt 5,31-32; Mc 10,11; 1Cor 7,10-11), hasta quedar libre al enviudar (1Cor 7,39).
Ese voto suele también presentarse como opción superior al matrimonio, en cuanto compromiso por el Reino de los Cielos asumido ante Dios y la iglesia. Sin embargo, el cristiano que se casa asume compromiso equivalente, igualmente por el Reino y ante Dios y la iglesia. La diferencia modal respecto de la castidad entre ambos compromisos, no justifica, conforme a lo dicho arriba, la pretendida superioridad del primero. Incluso puede afirmarse su inferioridad a causa de su posibilidad de dispensa, que le priva de la estabilidad y firmeza del matrimonial, sin desvinculación posible salvo por la muerte del cónyuge. Es más: a tenor de la doctrina más oficial de la iglesia, el celibatario no es sacramento; mientras que sí lo es el matrimonial.
¡Curioso que “lo que no es” se juzgue de más valor que “lo que es”! Sólo puede entenderlo quien estime en más el denuedo humano y el esforzado compromiso personal que la gracia afirmada fruto de los sacramentos. Y como no se advierte que así lo tenido por humanamente hazañoso se antepone al don de Dios –¡lo único verdaderamente salvífico (Rom 3,24; Ef 2,8-9; etc.) y cuya gratuidad no puede ser anulada por mérito ninguno (Rom 11,6)!–, lo normal es que el ilusionado con las metas más altas se incline hacia el celibato sin sentir y sin asegurarse bien de si es el propio Jesús quien le dice: “Ven con fe y sin dudar”; o es él mismo quien se lanza de la barca a caminar sobre las olas de la vida, tomando por voz suya la que lo es en realidad del fantasma de un error. De ser así, se hundirá sin remedio, y a veces hasta lo más “hondo”.
La ilusión por “lo pleno y perfecto” antes que por “lo falto o tosco” es el aliado que tiene en el interior del hombre el “declive” del que hablo. Aunque la materia en que aliente sea de vuelo rasante o de horizonte limitado, puede apreciarse en todos a nada que se mire. Salvo en los pasotas a los que todo les da igual. Pero a ninguno de éstos se les verá ni por los seminarios, ni por nada que exija superación personal.
La caída hacia la opción celibataria se acentúa todavía más, cuando a su supuesta superioridad cristiana se juntan pensamientos relacionados. Muy en particular el de ser su aceptación la respuesta más generosa a la esplendidez de nuestro Padre para con nosotros y al extremado amor que Jesús nos demostró primero. Aunque la edad y la vida hayan purgado ya del idealismo de la juventud, de su ilusión y su ánimo ante las cotas más “elevadas”, la apelación a la generosidad en días o años de fervientes vivencias religiosas es muy fácil que actúe, en relación al poco alertado, como aceite derramado en el “contraperalte de la curva”.
La existencia de esa pendiente resbaladiza es cuestión no contemplada en la tupida malla del cedazo selectivo con que se criba a los candidatos. Es más, los propios “cribadores” están bastante contaminados con la sobreestima “racista” de la continencia y es conocida la improbabilidad suma de que sea designado para la tarea quien no lo esté. Éstos, en la sinceridad de la convicción fraguada también en ellos desde niños, no dejarán de trasmitirla y fomentarla en sus alumnos. Tanto en el trato personal, como en pláticas, retiros y ejercicios espirituales, y con la recomendación de lecturas en línea con ella y la prevención, si es que no el veto de las que la impugnan o cuestionan.
Así el cedazo puede servir, y más con el tino que da la experiencia a los encargados de manejarlo, para apartar a los que pudiera haber con psicología sexualmente inmadura o desviada; pero no a todos los que carezcan del particular don de Dios requerido para la abstinencia total y definitiva. Del don para un designio suyo excepcional; no del auxilio para la castidad, ya del soltero ya del casado. Éste se nos brinda a todos (1Cor 10,13), por haber sido Él mismo quien ligó la castidad a ambas situaciones; no al “celibato o virginidad consagrados” que, sin responder a designio suyo particular, sino a simple decisión personal, busca una plenitud creída tan maciza y cristiana, que excluye hasta el “desdoro” de la sexualidad conyugal. Desdoro del todo inaceptable para quienes creemos que a Dios le salió muy bien toda su obra (Gn 1,31), incluido el hombre que Él mismo creó macho y hembra (v. 27). (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).