sábado, 14 de mayo de 2011

AMAR A LOS ENEMIGOS


Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian (cf Lc 6,27-28). 
 En el amor a Dios no existe medida: la única limitación es la que emerge de nuestra calidad de seres imperfectos, limitados.  Pero en cuanto se trata del prójimo  -si bien debemos amar a todos-  pueden existir “grados”, que tienen su explicación en diversos y variados factores, uno de ellos es el parentesco o la línea directa de sangre.

El mismo Jesús como Dios ama a todos, porque desea la salvación de todos  (cf 1ª. Tim 2,4).   Pero, en cuanto hombre, integrante de una comunidad,  -según se advierte en el Evangelio-  tenía ciertas preferencias sobre personas, donde mostraba un afecto humano, que se distinguía del que manifestaba hacia otras:

·        Juan, el discípulo que más amaba...    (Jn 13, 23-26).
·        Lázaro,  “...el que tú amas, está enfermo”   (Jn 11,1-5).
·         Los niños,  “...los abrazaba y bendecía...”    (Mt 19,13-15).
·        Saulo, “...aún antes de nacer, me amó desde el seno de mi madre...”   (Gál. 1,15).
·        El hombre rico,  “...Jesús lo miró con amor...”   (Mc 10, 20-21).
·        María Magdalena,  “...se apareció resucitado primero a María   (Mc 16, 9).

En cambio a los fariseos, salvo rarísimas excepciones, los trataba como enemigos porque ellos jamás aceptaron las enseñanzas de Jesús  (cf Mt 15,10-14).
En lo que respecta a nosotros, no todos nos quieren igual, a cada uno de nuestros semejantes les resultamos “diferentes”.
Hay personas que  -sin causa-  nos envidian, nos “celan”, se sienten como superados por nosotros, como si fuéramos mejores que ellos, etc.   Por eso, o por otras razones, nos han ofendido, difamado, o simplemente no nos aman.  Jesús nos indica que debemos amar a todos, ya sea como amigos o como enemigos. 
Eso no significa que sintamos o demostremos las mismas muestras de afecto hacia todos, cuando éstas son despreciadas o rechazadas.  Se estima que debemos tener hacia los que nos son hostiles, al menos, la mínima expresión de comunicación humana, el saludo.
El Evangelio nos dice que la manera de pensar, el comportamiento, las actitudes del cristiano deben distinguirse de las que observa el que no lo es, porque Jesús nos enseña:  Si la vida de ustedes no es mejor que la de los fariseos, no entrarán al Reino de los cielos  (Mt 5,20).
Nos manda amar también a los enemigos   (cf Lc. 6,28),   ¿por qué? 
a)- Porque Jesucristo vino a salvar a todos los hombres, comenzando por invitarlos a cambiar su manera de pensar.  Si uno ama a quien lo ama, no se distingue de los malos.  Si uno hace bien sólo al que le puede devolver el equivalente, hace lo mismo que aquellos que no conocen a Dios (cf Lc 6,32-34).
b)- Todo ser humano, aún el más pecador puede, con la ayuda de Dios, convertirse y alcanzar la salvación.  Esa gracia puede llegar hasta ese enemigo también a través de un testimonio positivo mío...  (cf Sant 5,19-20).

Pero, ¿quién es mi “enemigo”?
·                    El que no te quiere, aunque obres bien, o porque obras bien con sinceridad, no por soberbia, vanidad, interés de “quedar bien”, etc.  
·                    El que por celos o envidia te juzga mal, poniendo en duda, cuestionando o negando tu buena intención;  censurando públicamente tus actos  -difamación-  en lugar de corregirte a solas, si detecta algo que considera no ser correcto  (cf Mt 18,15-18).
·                    Porque se cree superado por tus cualidades personales.   Así alguien dijo:   puedes “ofender” con tu bondad, con tu riqueza  -por más transparente y honesta que sea-  con tus conocimientos, belleza o aptitudes físicas, no por que poseer esto sea en sí mismo pecado, sino por que a los  mediocres o depravados les “sabe mal” que tú poseas estos atributos.  Pueden resultar un reproche de conciencia, que haga notar aún más sus malos comportamientos.  En consecuencia, por más derechos que sean tus procedimientos, pueden despertar la envidia, que luego se convertirá en  desprecio, o aún en actitudes persecutorias.  Sólo se envidia aquello a lo que, de alguna manera, se le asigna valor.  Sin duda, este concepto ha generado el aserto:  “La envidia es una forma torcida de la admiración”.
·                    El que no te alienta cuando advierte que algo te da resultado, tienes una vida feliz, creativa, útil;  minimiza y aprecia con mezquindad tu trabajo.  Ni el mismo Jesucristo estuvo libre de este juicio.  De él se dijo despectivamente:  ¿De Nazaret puede salir algo bueno? (Jn 1,46).
·                    Se alegra cuando te “va mal” o cuando lo que él tiene o hace, es valorado más que lo tuyo, en vez de alegrarse con los que se alegran (cf 1Cor 12,26).
Lamentablemente, estas situaciones tienen lugar entre personas que se alimentan con la misma Palabra y hasta comparten el “mismo Pan...”  

Conclusión:  El que es tu enemigo, el que no te ama,  no conoce a Dios porque Dios es AMOR   (cf 1Jn 4,7-9).  El desconocimiento de Dios trae como consecuencia inmediata el descuido del prójimo, ya que el primer Mandamiento, lo incluye como algo “semejante a él”  (cf Mt 22, 36-40).   
La ignorancia culpable del Evangelio reconoce como consecuencias nefastas todas las idolatrías, todos los odios, todas las matanzas, todas las violaciones, es decir, todos los pecados... de todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los países...
Amar a los enemigos no significa amar el mal que ellos nos causan; tampoco perdonar supone que lo malo se transforme en bueno.  No es lo mismo perdonar a la persona que aprobar el mal moral recibido, como tampoco el ser tolerantes con los errores de la gente, significa que los convalidemos.  Uno puede haber perdonado una ofensa o haberse hecho cargo de los gastos de un trabajo maliciosamente defectuoso, pero eso no significa aprobar el mal, y mucho menos alegrarnos por el daño recibido.
Tampoco es lo mismo perdonar que olvidar: Perdonar es un una actitud, un proceso sico-espiritual, que depende en parte de nuestra voluntad y que, si de veras queremos alcanzarlo, con la ayuda de Dios y nuestro esfuerzo personal, podremos conseguirlo.  En cambio, olvidar corresponde a nuestro intelecto cuyo dominio escapa casi totalmente a las posibilidades humanas.   El ejemplo, en sentido inverso, puede ayudar a entender: ¿Cuántas veces deseamos recordar algo, y no podemos?  Sólo podemos conseguirlo, valiéndonos de algún elemento relacionado con el tema.   Así, hacemos asociación de fechas, lugares, personas, etc., o sea, memorizando elementos conocidos se recuerdan más fácilmente los menos conocidos.
Algunos maestros de la vida espiritual enseñan, que uno puede considerar que la ofensa recibida fue perdonada, cuando su recuerdo o la vista del ofensor ya no nos quita la paz del alma.

Amar a los enemigos implica al menos cuatro cosas:
   1)- Perdonar, o sea, renunciar a la opción espontánea de sancionar nosotros al prójimo ofensor. “Entregárselo” a Jesús para que El sea quien decida y lo sancione como lo haya previsto en su Providencia y Misericordia  (cf Mt 25,31-46;  Rom 12,14-21).
   2)- Como Dios quiere la salvación de todos (cf 1ª. Tim 2,1-6), debemos orar y pedir la conversión y salvación de nuestros enemigos:  que ellos también conozcan y amen a Jesús  (cf Mt 5,43-48).
   3)- Pedir la gracia a Dios de poder perdonar al que no nos ama, y querer perdonarlo  (cf Lc 23,34;  Jn 19,10-11;  Col 3,13-17).   Orar para llegar a amarlo  (San Agustín).
   4)- Dar gracias a Dios porque nos ha permitido sufrir algo por El, así nos permite purificarnos de nuestras falencias  (cf Hec 5,40-41). 

Héctor Pinamonti

hectorpina@sampacho.com.ar


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