sábado, 14 de mayo de 2011

PECADOS EN LA IGLESIA. Hector Pinamonti.

 
Jesús ha formado una Comunidad Apostólica integrada por un núcleo fundacional de 12 hombres pecadores, cuyo comienzo se puede establecer después de subir a la montaña a orar (Mc 3,13-19).
La evangelización se realiza durante su ministerio público, a sus discípulos se lo explicaba todo en privado (íd, 4,34).  Elegido Matías, en reemplazo de Judas, el grupo tuvo su coronación en Pentecostés, con el envío del Espíritu Santo (cf Hec 2,1-11).
El episodio religioso más trágico de la historia, la traición de Judas que, por otra parte, no fue casualidad  -ya que estaba anunciado en el Sal. 109,8, etc.-  fue abordado y resuelto por Pedro con la autoridad, madurez, seriedad y procedimiento que correspondía a un acto de tal trascendencia.  Contrario a la costumbre de la gente común, que se escuda en las falencias del prójimo para intentar justificar las propias, Pedro fue muy respetuoso al manejar el tema.  Prescindió de abrir juicio condenatorio sobre el frustrado apóstol, por el contrario, él y sus compañeros, restaurado el grupo de los 12, continuaron el camino marcado por Jesús, no el de Judas.
Mencionando al Espíritu Santo, cita la acción del desertor con espíritu profético, anticipado por el Salmo:  el guía de los que apresaron a Jesús, que era uno de los nuestros.  Que su casa quede desierta, que otro ocupe su cargo… y sea con nosotros testigo de la resurrección (Hec 1,10-26).

La corrección fraterna

Como Jesús sabía que los humanos continuaríamos pecando en el mundo, estableció sabiamente este método con el propósito de ayudar a la conversión.
Mientras más oculta quede la falta, menos escándalo causará al prójimo, menos difamación inútil sufrirá el pecador y más pronto se repararán sus efectos, porque el escándalo de cualquier clase (Mt 18,6-7), es nefasto para la comunidad. 
Por algo anticipó Jesús:  Cuando alguien peca o te ofende, habla con él y corrígelo en privado (cf Mt 18,15-18).  El caso extremo de llevar el asunto al Tribunal de Justicia, pertenece a otro plano de la situación:  la negativa obstinada a escuchar.
Algunos medios de comunicación, basados en su principio de “informar” lo antes posible cuanto sucede en el mundo como novedad, no priorizan lo positivo sobre lo negativo.  No tienen en cuenta la difamación que producen y el daño que causan dando a conocer sucesos negativos que jamás deberían salir a la luz, ya que esto no pone remedio alguno, sino que constituye una morbosa difamación, escándalo, incitación y escuela de otros ilícitos.

No confundir corrección fraterna con difamación fraterna, que es publicitar el pecado por todos los medios, a los cuatro vientos, menos al interesado.
Lo que no tiene límite en su publicación y conocimiento general, son las buenas obras, el testimonio positivo, para que sea imitado y haga crecer al prójimo;  eso no escandaliza, edifica, promueve.  El asunto está muy claro en el Evangelio:  Ustedes son la luz del mundo… No se enciende una lámpara para colocarla debajo de la mesa, sino sobre el candelero, para que ilumine a todos… Brillen así las obras de ustedes para que sean vistas y glorifiquen a Dios (cf Mt 5, 14-16).
Es claro el concepto de san Pablo cuando habla de la autoridad “instrumento de Dios para tu bien, tu corrección”.  Si haces el mal, no en vano tiene la espada, como decir, la ley para corregirte y sancionarte (cf Rom 13,1-5).
Pero algo completamente diferente, y nefasto a la vez, es la divulgación morbosa e indiscriminada de ciertos medios, que difaman al prójimo, si lo que publican es verdad.  Es juicio temerario, si no se conoce en su verdadera dimensión o verdad y sólo se supone, y es calumnia cuando se realizan acusaciones falsas.

Sin embargo, no se debe confundir el ocultamiento de la mala acción, que debe ser objeto de la justicia, con una complicidad de silencio para que permanezca impune.   El principio es:

Toda persona que tenga información fidedigna acerca de un delito público, tiene la obligación de darlo a conocer a la autoridad competente para que produzca la corrección y aplique la condigna sanción que ponga remedio al daño social de la comunidad.

En la gente de la Iglesia

No son pecados de la Iglesia, sino de gente de la Iglesia.
Debe evitarse la visión solamente “humana” de la Iglesia.  Según los anuncios proféticos,  sabemos que el anticristo está actuando (1Jn 2,18-19); 2Tes 2,7-9), que las persecuciones fueron anticipadas por Cristo (Jn 15,20), y que habrá apostasías de entre ustedes mismos, como de lobos rapaces que no perdonarán al rebaño… Surgirán doctrinas perniciosas (Hec 20, 28-30).
Si hubo o existen abusos reales, conocidos, y no se actuó en su momento como correspondía, no es suficiente con reconocerlos, lamentarlos y pedir disculpas ahora.  La autoridad debió actuar de manera rápida, prudente y eficaz, para evaluar, sancionar y corregir evangélicamente esas faltas.

Como sólo se sabe algo por los propios judíos salvados del comunismo por Pío XII, tampoco se tiene conocimiento de lo actuado por los Papas en secreto para sancionar a los pedófilos.
Pero es indignante que sin seguridad se haga una publicidad malsana y perversa para despresti- giar, sin que ello contribuya en nada a solucionar los problemas. 
Por el contrario, la divulgación indiscriminada de los vicios, aberraciones y pecados, lejos de ser una acción correctiva, se convierte en una ocasión más de confusión, incitación al delito y vulgarización de la perversión humana, con mayor razón, si las autoridades responsables no obran en justicia.
Es fácil acusar y vituperar desde una posición cómoda, sin compromiso personal y, tal vez, como para justificar defectos propios, de los cuales puede no estar exenta la persona que los endilga.
A este respecto, san Pablo les decía a los romanos:  No tienes excusas, tú que juzgas, pues juzgando a otros, a ti mismo te condenas, ya que obras esas mismas cosas (Cf Rom 2, 1).

Resulta también claro el ejemplo de Jesús, cuando le trajeron en forma violenta una mujer adúltera, para que él decidiera sobre la sanción de su conducta:  Aquel que no tenga pecado, que arroje la primera piedra (Jn 8,7).  Esto no equivale a decir que la autoridad deba ser impecable para poder sancionar.  En tal caso, sólo Jesús y la Virgen María, podrían actuar como jueces.  Simplemente que la autoridad  -con la facultad que le confiere Dios-  está prevista para mantener la integridad y sanidad social de la comunidad, según la afirmación del Apóstol:  la autoridad viene de Dios…No en vano tiene la espada  (Rom 13, 1-4), la persona es un intermediario, un servidor.  Por eso Jesús le dice a Pilato: No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba (Jn 19,11).
Siendo el adulterio un pecado tan abominable, Jesús   -al igual que Pedro con Judas-  no hizo comentario ni publicidad sobre el caso;  con una frase desenmascaró a los acusadores, quienes impulsados, tal vez, por su propia conciencia, huyeron antes de ser juzgados por Jesús.

Situación actual

Es oportuno señalar, cómo algunos medios de comunicación y los enemigos de Cristo, aprovechan en la actualidad, las desviaciones y pecados de muchos cristianos, para tratar de justificar sus propias acciones negativas.
En muchos casos, las acusaciones son generalizadas, abarcan a justos y pecadores.  La intención es atacar a la institución religiosa.  Esto representa el cumplimiento de las palabras proféticas de Jesús:  Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes (Jn 15,20); ustedes serán entregados a la tribulación y a la muerte, serán odiados a causa de mi nombre (Mt 24,9-12).  Pero, el que persevere hasta el final, se salvará (íd, 24,13). 
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No tire esta hoja;  mucha gente se equivoca por desconocimiento.  Compártala con su familia y otras personas;  envíela por mail a todos sus amigos.  Después guárdela en la carpeta.

                                                           hectorpina@sampacho.com.ar

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